"La Virgen nos enseña a confiar plenamente en Dios, sin condición alguna, saliendo cada uno de sí por el amor".
Papa Benedicto XVI
Se trata de una opción vital y consciente por ponernos en las manos del Señor. Como tal es un medio indispensable en nuestro esfuerzo por alcanzar la santidad. Esta confianza no es una mera actitud de abandono o inactividad, sino que exige una respuesta dinámica y positiva. No se debe confundir la confianza en Dios con un pasivismo ingenuo, como si el Plan de Dios no exigiese la cooperación humana. Mirar a la Madre nos ilumina en ese sentido pues desde la Anunciación-Encarnación (Lc 1, 26ss) y durante toda su vida supo vivir esta virtud de manera ejemplar. Ella es consciente de su condición humilde de sierva y se acerca con una visión de fe a los acontecimientos que le son anunciados. La confianza en Dios, lejos de inmovilizar a María, la impulsan a responder con un fiat generoso y efectivo en toda su existencia. Así, con el corazón puesto en las manos del Señor se lanza en un esfuerzo al máximo de sus capacidades y posibilidades por cumplir el divino Plan. Vemos, de esta manera, cómo la confianza en Dios ilumina la acción humana y la salvaguarda, tanto del pesimismo como de un optimismo ingenuo.
La confianza en Dios se complementa con una sana desconfianza en uno mismo al guardar una manera recta conciencia de la propia fragilidad y limitaciones. La humildad, en cuanto es andar en verdad, nos ayuda a tener una percepción equilibrada y objetiva de nosotros mismos en la vivencia de esta virtud. No se debe confundir la sana desconfianza con una desconfianza exagerada o enfermiza, con una visión pesimista de uno mismo, como si la persona fuese incapaz de hacer nada de valor. En este sentido a la pregunta de María al ángel nos educa en esa actitud "¿Y cómo será esto, puesto que no conozco varon?" (Lc 1, 34). Su pregunta no habla de desconfianza en el poder de Dios, sino de una conciencia clara de sus propias limitaciones, pues de hecho entiende que la respuesta no puede venir de Ella misma sino de lo alto. Es claro de qué manera aquí la sana desconfianza en uno mismo nos abre a una dimensión trascendente, más allá de las propias capacidades.
Por otro lado, es una pregunta que, lejos de reflejar duda o desconfianza, pide instrucciones para actuar, pregunta cómo será esto para saber la manera de responder correctamente. Así vemos como la recta desconfianza en uno mismo no lleva a la inactividad o la timidez, sino que nos impulsa a la acción generosa y eficaz.
Mayo 30/2011 .:. Invitada: Joely Ramos
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